Qué grande es el mundo de la moto.
¿Te hace una estripada de domingo por la mañana? ¿Y una concentración? ¿Qué tal
acercarte a Montmeló al GP? ¿Y cómo ves una ruta por Marruecos, dejándote
llevar, dejando que un "chapter Harley" organice y dirija tu rodar?
No te estrujes el cerebro pensando por qué este hace esto y el otro aquello
cuando de motociclismo se trata. En este maravilloso mundo de la moto, cada uno
va a su bola y seguro que ninguno está equivocado haciendo lo que hace. En la
vida hay un momento para cada cosa, y cada cosa tiene su momento. Y el momento
fue finales de abril y "la cosa" que hicimos fue poner rumbo sur, pero mucho
sur, acompañando y viviendo las experiencias de un centenar de harleystas por
tierras de Marruecos hasta donde el desierto marca la frontera para las motos
de asfalto: las impresionantes dunas de Merzouga, o Erg Chebbi, un paraje cada
vez más conocido por los motociclistas españoles, sobre todo los de "off road".
Si el idioma impone a la hora de pensar en cruzar fronteras, ese temor se
acrecienta si la frontera que debemos cruzar es la de un país africano, aunque
éste sea nuestro vecino del sur, por eso, la garantía que ofrece un viaje en
grupo y organizado es la mejor experiencia que un rutero puede tener, al menos
cuando se adentra en tierras marroquíes por primera vez. Luego, una vez allí,
descubre que el país norteafricano tiene una red de carreteras aceptable, que
en muchas de sus ciudades se respira un ambiente europeo, que "to quisqui"
habla o chapurrea español y, lo mejor, que la infraestructura hotelera está a
un grandísimo nivel, y no sólo en las ciudades, sino en el mismísimo entorno de
Erg Chebbi, auge hotelero al que han contribuido en buena medida las
expediciones "off road" de motociclistas españoles, con instalaciones
construidas con el elemento predominante en la zona, adobe, pero "adobe cuatro
y cinco estrellas". |
Bañador, pero también traje de lluvia
La muy famosa pertinaz sequía que a veces azota la Península se supone que es
más pertinaz en Marruecos, pero ¡joer la que cayó el día que llegamos a
Melilla!, punto de salida y llegada del Touring Ride, tanto que se suspendió la
visita a la ciudad, con las ganas que tenía yo de rodar con la Harley por
aquellas calles que tanto pateé camino de los desfiles en el fuerte de
Rostrogordo en mis días de mili. Aunque eso no impidió que entre chaparrón y
chaparrón me diese una vuelta por "mi" cuartel de Caballería, al que le quedan
dos dianas de vida. Las playas que están al lado de la tapia del cuartel tienen
esos poderes.
Muy motorista eso de rodar con agua, pero con un día tuvimos suficiente, y es
que a Marruecos habíamos ido con otra idea, sí, esa con la que nos encontramos
una vez cruzado el precioso valle que conduce de Taza a Fez y atravesado el
Atlas Medio y sobre todo el Alto Atlas, impresionante murallón allá al frente,
con la nieve cubriendo sus laderas casi hasta la base, así que no era
precisamente calor lo que hacía al cruzar el puerto del Talghomt, de 1.907
metros de altitud.
Y es que Marruecos tiene una cordillera ahí en medio que le hace sombra a los
Pirineos. Es más, causa sorpresa la existencia en el Atlas Medio de una ciudad
como Ifrane. La llaman "la pequeña Suiza", y no es para menos: infinidad de
zonas verdes bien cuidadas, casas de alta montaña, gran bosque de cedros en sus
inmediaciones.
A todo esto, ¿qué pasaba con el personal? ¡Todo bajo control! Vicente delante y
Jesús detrás, la caravana harlysta se iba abriendo paso por pueblos y ciudades
camino del desierto, la mayoría de las veces escoltada por la Policía local.
Sí, puede que en determinados momentos no se rodase por encima de los 80 km/h
pero, ¿no hemos quedado en que habíamos ido a Marruecos a ver... lo que fuese?
Pues eso, y además sin preocuparse de si los semáforos estaban en rojo (vía
libre a los harlystas, aunque algún listillo nativo se metiese entre la
marabunta para darse un capricho), vía libre en las gasolineras (los mil y
pocos euros de inscripción cubrían todos los gastos desde Málaga) y desparrame
general en los hoteles, con parada prolongada en el Xaluca de Erfoud, un hotel
"acollonant" montado por el español Lluis Pont y un socio marroquí. Éste es el
epicentro, junto con los hoteles "Tombouctou" y el que regenta el famoso Ali
"El Cojo", estos últimos en Erg Chebbi, de la movida motera española por estas
tierras, tanto que no nos sorprendió saber que esos días andaban por allí Jordi
Arcarons y el granadino Juan Mora -pionero en montar aventuras africanas- con
una panda de "quadtreros", sí, esos colegas que van en quad, nada que ver con
los de las "pelis" del Oeste. . 
La magia de Erg Chebbi
En estas andábamos de cruzar puertos y desiertos de piedra cuando nos plantamos
en Zagora, tanto como a 1.200 kilómetros de Melilla. Más allá queda algo de
asfalto, pero eso se lo dejamos para los ruteros a los que Marruecos se les
queda pequeño y buscan pasar a Mauritania desde el antiguo Sahara Español; que
los hay, no creáis.
Había un plan para volver por las gargantas del Todra, pero no pudo ser. Es
más, ni llegamos a preguntar el motivo. "Nada de preocupaciones en el viaje",
me decía Fernando Lasaosa, un maño-vasco, o un vasco-maño, todo un "nota" que
aprovechó como ninguno cada kilometro del viaje, cada minuto de parada para
romper con la monotonía que a veces suponían tantos kilómetros. Y razón no le
faltaba: ¿o es que no estábamos en un viaje de "vacances" y además en moto?
No vimos las gargantas del Todra, pero la estancia en Erg Chebbi nos lo hizo
olvidar. Más de uno nos sentimos Lawrence de Arabia a lomos de uno de los 96
camellos que formaban la comitiva que nos introdujo en la gran duna, un
"montoncito" de arena de 30 kilómetros de diámetro, un lugar para perderse con
una enduro o un quad -o un 4x4, vale-.
"¿No
me digas que no lo intentaste con la Harley?"
¡Cachondo!
"Oye: mucha moto, mucha montaña, mucha duna, pero ¿y el condumio?"
"¡Quieto parao! Si no había semáforos, teníamos unos buenos guías -bueno, se
pasaron un cruce un par de veces-, gasolina gratis y buenos hoteles ¿no vamos a
comer bien?"
Pues sí, bien y a gusto, disfrutando por la noche de una larga sobremesa
motera, ésas que también se disfrutan en Jerez, Montmeló, Cheste o Pingüinos,
pero más... ¿cómo te diría yo? Más silenciosas. Eso; más silenciosas. Y es que
estábamos en el desierto, por si no te lo he dicho.
Si tienes ocasión de dejarte caer por aquí, no lo desaproveches. ¿Por libre? No
está mal, pero en grupo, con el cobijo que te proporciona un club, lo tienes
todo como... más a mano.
"Eh, eh; ¿qué pasa?, ¿que no volvisteis?, ¿que os quedasteis en el desierto?"
¡Qué dices! Deshicimos los 1.200 kilómetros andados, volvimos a disfrutar del
buen rollo de la gente y autoridades marroquíes, cruzamos la frontera de Nador
con Melilla, nos dimos un abrazo con los nuevos y viejos amigos y ¡a embarcar!,
que al día siguiente había que currar.
¿Que todas estas cosas también se pueden vivir sin moto?
Ya, pero qué te voy a contar de cómo se pueden vivir si lo haces con la "bike",
la chica y una pandilla de buenos amigos -pero sobre todo ruteros-.
Te iba a traer un poco de arena de recuerdo, pero es que se iba a notar mucho
en el montón de Erg Chebbi.
Buena ruta, amigos.
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